miércoles, 9 de septiembre de 2015

Las Zonas Oscuras del lenguaje por Carlos Cuccaro

La capacidad de hacer poesía, vale decir de efectuar esa tangencialidad, ese desvío del lenguaje hacia sus límites y desenvolver en ellos una nueva comunicación es, tal vez , una de las aristas más extrañas y subyugantes de esa creación prometeica que hemos inventado como especie, y que denominamos “arte”.
 Siempre ha resultado difícil, y para algunos autores hasta bizantino, pretender una definición abarcadora de “poesía” más allá de todos sus rótulos, porque el germen de destrucción de la función comunicacional que encierra es tal que se duda hasta de su “rol” efectivo…¿qué es ese híbrido de música, filosofía, retórica y plástica? ¿Qué es lo que pretende? ¿Nombrarlo todo acaso? Es que la comunicación humana deviene insuficiente en cuanto sus códigos, porque la amplitud de la percepción y las ideas no cabe en el cauce a veces árido y rígido de un idioma y-por extensión- un lenguaje.
Platón pone en boca de su maestro la definición más feroz del concepto de palabra:«El que piensa que al dejar un arte por escrito (...) deja algo claro y firme por el hecho de estar en letras, rebosa ingenuidad (…) sus vástagos están ante nosotros como si tuvieran vida; pero, si se les pregunta algo, responden con el más altivo de los silencios». Así es como las palabras escritas «necesitan siempre la ayuda del padre, ya que ellas solas no son capaces de defenderse ni de ayudarse a sí mismas»; hace falta siempre, detrás del signo, la presencia de la entidad que enuncia esa significación,  del logos”, porque, en caso contrario, esas palabras se convierten en elementos carentes de sustancia y de contenido verdadero.
El filósofo griego profundiza en el elemento dual de la palabra como fármaco (pharmacón): que cura y potencialmente envenena; la escritura como plasmación de la memoria y la escritura como construcción de la no-memoria; el valor redentor de la palabra y su significación de muerte; la palabra como evocación de lo perdido, de lo ausente y -a la vez-como construcción de esa ausencia que trata de disolver
Manipular esta dualidad: menuda tarea del poeta. Hacer que la palabra se devore  a sí misma si es preciso. Pero siempre componer en contra de lo denotativo cristalizado, en contra  de la naturaleza dual de la palabra que vence al manipulador, impotente ante la complejidad de su substancia.
Poe, por nombrar a un clásico “cercano”,  componía en base a un método sujeto al control reflexivo de la razón, lo que no le  impedía el descenso a los submundos de pesadilla que hacen a nuestras íntimas obsesiones. Con esto quiero ejemplificar que los elementos formales, que cualquier teórico enumerará  gustoso, son sólo un aspecto en la conformación  o el andamiaje de la poesía  aunque no el esencial. La esencia de la poesía pasa por la SUBVERSION DEL LENGUAJE.
Históricamente, si correspondiera analizar bajo esas luces el objeto de nuestra reflexión, la aventura de la poesía, el camino recorrido que significó el paso temporal por  Rimbaud, Baudelaire, Mallarme, o T.S. Eliot, ha desembocado de una manera significativamente insistente en ese territorio de deslinde profundo en que nos queda el lenguaje como escollo a sortear o a convertir en reflexivo territorio de acciones marcadamente propias. Territorio que convive con el texto, pero que de alguna manera “no es” el texto. Siempre el metalenguaje. Siempre el retrato del artista delineado a través y hasta “en contra”del texto.
La denotación y su barrera al sentido cede ante la potencialidad poética, este caos creado dentro de un sistema de signos se emparenta –obviamente-con la crítica a Saussure de los posmodernos, pero va más allá de lo lingüístico…más bien  asume la entidad propia de arte, lo que torna, a esa potencialidad poética, a veces peligrosa, a veces marginal: puesto que no “sirve” a determinados patrones de interrelación contemporáneos aceptados como masivos.
Hemos hablado del poeta y del texto. Falta hablar, para cerrar esta vertiginosa ecuación de equilibristas, del tercer componente de la misma: el lector.
Es la función receptiva del lector el campo donde se libra la gran batalla. Puesto que el gran hacedor y descubridor de significaciones ocultas es él. La lectura, que duda cabe, es la gran ceremonia que une el inconsciente más profundo del autor con la recreación  más lejana y más inefable del texto en una larga cadena de mutuos descubrimientos que anulan, me atrevo a decir, toda linealidad, la humorada literario-filosófica de un imposible Berkeley influenciado por Borges….
Todo es posible en las zonas oscuras del lenguaje. Obtener formas de ese caos es la labor y el desafío del que transmite un código a través de la letra. Plantear que en esa zona oscura habita la poesía puede sonar subjetivo en demasía, pero no puede negarse que el lenguaje pide por nuevas fronteras cada vez que nos boceta lo innombrable: trasponer esas fronteras y lograr comunicarlo se llama, al menos, literatura.
                                                      

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